...Caigo en mi instinto:

...Caigo en mi instinto:
No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser, pero no puedo ver cajones y cajones pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver todavía caliente la sangre en los cajones. Gonzalo Rojas, Contra la Muerte
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viernes, 22 de noviembre de 2019

monumento a la calle :



como en una larga espera
largo lago de aguacero
heme aquí sin estación
rondando cual ventisquera

están dormitando los elevados
como murciélagos de témpano
sin palabra no hay ecuación
limitados han derribado las fronteras

quisiera la muerte resucitar
los llantos amordazados del fondo blanco
las maderas han invadido las hormigas
de las estatuas petrificadas en la hoguera

va caminando el loco sin su bandera
como roja seda una comarca anárquica,
los ciegos, la pregunta por la esencia;
heme aquí al borde del borde de la acera.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

: acuífero


el soplido del hombro
atesorado en mi garganta
como una romántica alegoría 
del cielo aplastándome

él en mi rodilla
se desplaza
como un dolor ajeno

habitación azul piano verano
volver nunca fue tan fácil


miércoles, 29 de marzo de 2017

fuga :


Pintura: Paul Delvaux - La alegría de vivir (1937)


en fuga en dirección al encuentro
el cielo abraza la emoción muda del viaje
impacientes pájaros bajan de mi cabeza
mas yo perplejo en el reflejo de mi espejo

cuan azul hay en el cielo
y yo sin estrellas en la boca
el milagroso cuerpo de mi alma
se ha quedado alimentando hormigas

se ha ido el esplendor del horizonte
y la agonizada belleza del tiempo
que si de poesía se tratara
sólo en silencio no-podría-ser ave
   

viernes, 26 de agosto de 2016

amplitud :

















me hundiré
como quién se hunde en su niñez
en el juego y en la fiesta

en la primavera
junto a las flores incrustadas del otoño

me hundiré
en mi desierto colapsado de texturas
donde los huevos de las aves se endurecen
                                               ahí me hundiré
en las inmaculadas estrellas
en la aurora arenada

me hundiré,
como quién se hunde en su vejez
en el juego y en la fiesta,

donde se petrifican los cuerpos
y se geometriza el aire por las tardes
y la habitación se descubre
hay una simplicidad incomparable en las paredes donde sueño
un verde desteñido, un eclipse que se esconde entre nubes rojas
hay de mí sólo una respiración lena de infancia

el rocío de ha llenado de baldosas,
y la humedad de cielo.

sábado, 1 de septiembre de 2012

No hay Tiempo para el Tiempo :

Viento entre ramas
I
Nunca me sentí más a gusto con la vida. Tenía los ojos taladrados en la ventana respirando el verdadero aire de la tierra, la virginidad del océano y de los ríos. Me sentía en el más profundo apogeo de mi sueño; viendo mi vida convertida en colores y en una estatua somnolienta que cantaba día y noche la respiración de mi mente.  Hace poco tiempo atrás, me había desunido de la violenta soledad que me mataba con premura. Me había quitado la soga negra que unía mis ojos y mis pies; soga que me había impedido dar pasos a este paraíso onírico, en el cual, me encontraba en ése instante. Había terminado de sepultar los últimos recuerdos que me ataban; cerraduras, máscaras de cristales, prótesis de párpados caídos, doncellas, crucifijos y gigantes estatuas de yeso, todo lo había enterrado para librarme de recuerdos y opacas golondrinas asesinas.
Pues la verdad no me encontraba tan solo. Había una luz etérea que huracanaba a ratos mi cuerpo, como un cometa celeste a la tierra. Era una luz sellada de flores que se apoderaba de mi locura, de mi tiempo, de mi vida. Luz roja de terciopelo que incendiaba los carnavales más agitados de mi mente. No era la tierra ni tampoco mi vida ―pues no era lo suficientemente soberbio como para que lo fuera―. Era una luz sacramental pero lo bastante bella como para atormentar a la tierra. Era Nattura. Nattura era una esencia criminal, era la poetiza más íntima del poblado. Yo, mi filosofía y ella, su poesía; hacían nacer desde el fondo de la tierra toda esta sábana de oxígeno en la cual, se había cubierto la tierra.
Entre los blandos pedernales caminábamos ella y yo, sumidos por el alcohol de la luna y de la lluvia. Estaba tan a gusto con mi vida que a la vez, ésta me hacía temerle con braveza. Temí que Nattura se desvaneciera o yo de ella. Temí que toda esta metáfora volviera a ser un túnel de paraguas negros, que fuera a convertirme en un grito de alma o de cadáver o simplemente en el ladrido de la noche. Realmente temí volver a pasar por lo mismo, volver a sentir que la piel no es más que piel; algo muerto sin vida, que las hormigas son simplemente hormigas y que la tierra es la pesadilla de las flores y yo también de ellas. Temí tanto ―pues la verdad siempre temo―, que a veces desconozco mi coraje como filósofo, a veces pienso que los poetas son más firmes que los coléricos filósofos. 
No tuve denuedo para seguir con la idea de que todo se acabara. No quise desnutrir la intensidad y el color de nuestras flores. En realidad quise guardar las maletas de la muerte y acostumbrarme a vivir, a vivir sin prisas y sin el reloj rojo de la memoria; quise ser libre como aquella explosión de unicornios que vi en algún sueño atrás.
Entré solo a mi casa y sin oír la respiración de los muebles me senté a meditar, a establecer una de esas conversaciones con el silencio, pues lo único que en instantes se oía, eran las risas satíricas del reloj, un inmenso reloj que se encontraba a toda vista, en el centro del salón que daba justo con la colosal  puerta que crujía como el bocinazo de una limosina. Me senté para sentir otra vez aquella sensación de poeta silvestre, de lujuria o libertinaje absoluto, pues fue imposible encontrar la tranquilidad en aquella ventana. Todo sosiego se había esfumado como un alacrán sobre hielo. Todo. No quedaba alguna cándida armonía, el orgasmo de mi vida se había apagado casi por completo. Toda esta impresión de ver que todo había desaparecido me hizo correr como un loco ―en segundos olvidé por completo el silencio y la histérica manecilla del reloj― y salí corriendo echando a bajo la colosal puerta, en busca de Nattura; ―pues si había desaparecido al igual que toda mi poesía, al igual que todo ese paisaje clandestino, en el cual, me había sumido, habría acabado, me habría quedado completamente solo―.
II
Corrí por caudalosos pueblos hambrientos donde la inhóspita respiración de los seres se congelaba como un grito de luna. Vi por todos lados crucifixiones, pues temí que en alguna de ellas estuviese mi amada, mi poetiza Nattura. No estaba por ningún lado, me dio una especie de alivio de no haberla encontrado, pero a la vez, una impotencia que en momentos no me dejaba siquiera respirar.
Sobre un tétrico memorial recordé lo mucho que le gustaba el océano, el resonar de las iracundas gaviotas. Me dirigí por instinto donde nos conocimos. Pues ahí estaba, escribiendo quién sabe qué cosa, inspirada con los ojos nublados y una sonrisa que jamás antes le había visto, estaba casi subterránea. Me acerqué y traté de comunicarle el miedo que tuve desde que desapareció, pues su mano no se detenía en ningún momento. Por segundos me sentí como un espantapájaros o como atado de nuevo de ojos y pies, ―o así quizá se sentía ella―. Pero toda conclusión se desvaneció cuando con una voz arrasadora me dijo: ―«solamente quise estar sola, lejos de toda ficción, lejos de mi vida, sólo con papel y lápiz; mi alma». Pues me dio la tranquilidad que andaba buscando de ella, me paré y salí a caminar ―sin miedo― a sentir la claridad de las nubes que bajaban como un monstruo vespertino.
Ya todo más calmo y yo caminando todavía, se acercó ella y con una sonrisa aún más fulgurosa me besó, me besó como curándome las heridas de su ausencia; pues le dije, esta vez, por criterio: ―«Nattura, te amo».
La noche dio hincapié a que los astros nos desnudaran y la niebla no tapara los rostros arañándonos la piel por completo. Vi su rostro y sus lágrimas de júbilo, ella vio los míos. Vi su cabeza cubierta de rosales, de abejas, de miel. Vi su doblamiento con un ritmo parecido al equilibrio, pero un tanto más desordenado. Vi la franqueza que estuve buscando toda mi vida; pues la conclusión de todo este encuentro me hacía pensar que la ausencia del paisaje no había hecho que también se ausentara mi amada, pues ella era lo único que tenía, y lo único que me hacía sentir como era realmente Don Palomar Ríos; un humano.
Una vez vistas nuestras caras de espectro, nos calmamos y nos besamos. Era una situación que remplazaba la noche con un esplendor blanco abatido por la fusión de sudores y olores. Nos dimos la tranquilidad y comenzamos a platicar. La verdad me costó encontrar la instancia para proponerle lo que quería yo que hiciéramos con nuestras vidas. Era algo complejo, pero mi vida o trayectoria como filósofo, y la reflexión con el silencio aquella tarde, me hicieron concluir lo que quise proponerle a mi poetiza. Le vi nerviosa cuando pedí que nos oyéramos, pero ya habíamos vivido mucho, el miedo de hablarnos se había ido justo aquella noche.
III
―Nattura, amada, tú sabes lo mucho que temo a la soledad. Sabes lo mucho que temo a que algún día ya no estés conmigo. Estas últimas instancias me han hecho analizar lo rápido que pasa el tiempo. Me han hecho descubrir lo atados que estamos a él, no sientes tú lo mismo amada? ―dije con presunto nerviosismo filosófico.
―No comprendo tu preocupación por el tiempo querido. El tiempo es algo que se logra comprender con el tiempo, justamente. Aún estamos jóvenes, aún hay tiempo para estar juntos y prepararnos a la trágica muerte ―dijo con bastante tranquilidad, no sé si realmente lo estaba, pero por lo menos no vi tiritar su boca ni su bello cuerpo.
―Esta bien comprendo. Pero mi punto va más allá de aceptar la muerte, pues yo más que nadie sé que es algo imprescindible. Pero mi punto va más allá de eso. Va con vivir y hacer del tiempo algo durable, hacer del tiempo algo infinito, o hasta extenso por lo menos. Temo tanto amada, sé que tú aceptarás, sé que juntos haremos de mis relojes rojos y de sus manecillas histéricas algo confusamente lento, algo perpetuo.
―Es imposible amado. Es imposible para mí luchar con la naturaleza. Además, perdería mi inspiración. ¿Existirá en tu casa algo que me inspire y haga de mí su alimento?. No lo creo. ―se paró como paralizada, no sé si por la brisa o por lo incómoda que le resultaba hablar del tiempo.
―Pero podríamos traerla a la casa, ¿sí? ―dije con presunto temor.
―Estás realmente loco, pareciese que fuese cierto que los poetas somos más firmes que los filósofos.
―Pues sí, puede ser. Pero no me digas que no te mueres de miedo a que tus días sean tan cortos y tu muerte esté tan cerca. No me digas.
―Pues sí te digo. Pues perdiendo o haciendo duradera la muerte, mi inspiración a ella se esfumaría. No sería feliz escribiéndole a vegetales y a flores sintéticas, a un sol eléctrico o a una luna oscura, no lo creo. ¡Es imposible! ―dijo cerrando los ojos; de los que brotaba un líquido indeciso, o algo gelatinoso, impertinente.
―Amada pues yo temo a todo lo proveniente de la muerte, y sé bastante de ella, si quieres te lo puedo contar.
―Sabes qué, eres como un tigre hambriento en busca de la vida. Eres un pobre existencialista, capaz de fundir las reglas de la normalidad. ¡Estás Loco!
―Pues sí estoy loco, loco por el tiempo y por ti. Temo más que nada, a ti te amo.
―Pues lo siento Don Palomar, pues nuestras noches llegan hasta aquí, hasta este instante, hasta este minuto tan poderoso para usted. ―Y se esfumó, como encandilada por un sonar de estrellas  o por un tsunami de flores o un terremoto de luz divina. Me quedé completamente solo, acariciando la aterciopelada superficie de las olas. En mi cuerpo una lucecita iba invadiendo mi cordura, iba remasterizando mi pasado devolviéndome aquellas grises golondrinas, aquellos ácidos sollozos de locura.
IV
Aquí comenzaba la situación más absurda, quizás, para la humanidad. Aquí es donde los dioses y lo arcángeles, las civilizaciones de ultratumbas, las tribus o las etnias comenzaban a odiarme, comenzaban a asesinarme desde el más infinito pleamar de las nubes. Pensé en abandonar todo lo que me rodeaba; pero aquella situación sería imposible, pues me moriría de soledad o de ciegues, me moriría sin remedio o sin la médula de la tierra. Comencé  a escarbar hasta la más pequeña intimidad de la pacha mama; comencé por los ríos; capturando peces, de todas las especies, plantas, hasta animales sin silueta alguna, sólo bacterias y enjambres de insectos o animales que jamás había visto. Recolecté bestias, hombres escondidos, cubiertos de espesa tierra o de harina. Reciclé millonarias especies de huevos. Anoté la simetría de las nubes y del sol, dibujé en mi mente la opaca respiración del cosmos. Analicé fronteras, muelles. Visité monumentos, maravillas, copiando y anotando siempre la incalculable simetría del viento, de las posiciones de las cosas. Aprendí la poción de la sabiduría; el cálculo perfecto del nacimiento. Así la tierra resistió mi locura, así la tierra, inocente, me prestó el holgado  pensamiento del suelo, el secreto y las rodillas de la selva. Me presentó el mar, el dulce filamento de su mente; de su mundo, de su mundo aún desconocido por el hombre. Me prestó sus olas, su ritmo, sus barcos y sus fiestas moribundas, a veces parecía que quería atacarme, que quería arrasar con mi cuerpo, o sumergirlo, quizás, pues corrí y alcancé a sostenerme del desierto que daba gritos expulsando la delgada piedra de sus ojos.
Llegué a casa, luego de un año o más. Llegué con los brazos molidos. No me cabía un pensamiento más en mi oscura cabeza.  Me sentía como aquél hombre contemporáneo que llega a su hogar con un artilugio nuevo, o como las aves y su nuevo nacimiento. Estaba exhausto, pero aún así instalé todo. Primero recurrí a las escrituras para verificar de forma eficaz la posición de los territorios, la división exacta de la tierra. Separé los mares de la tierra, y arrojé especies de manera correcta. Las flores y las gaviotas eran las especies que más me atraían, les echaba agua y oxígeno sin escrúpulo alguno; pues me recordaban la belleza y la inspiración de Nattura, me recordaban tal cual era su silueta; como una lúcida amapola en la boca de una gaviota encendida.
La verdad aún recuerdo a Nattura, pero no más, que al tiempo. Es más, recuerdo su rostro, y veo a la vez en sus ojos una pregunta y un suspiro asesino. Veo en sus ojos el reflejo del tiempo que me hace temerle con más ganas aún, volviéndome a dejar sin respiración, y sin la fuerza de aquellos días en que éramos ella y Yo.
En medio de la noche, luego de varías semanas de paranoicas lecturas y reparticiones, se sintió un latido en aquella colosal puerta que cerraba mi casa. Una sombra a lo lejos hizo alterar el hábitat de los animales, de toda la naturaleza. Esta agónica sombra un papel arrojó por debajo de la puerta, pues alcancé a ver su fúnebre mano y no quise ―por miedo al caos― abrir la puerta para verificar al individuo. Tomé el sobre con ambas manos, y el aroma de su etérea respiración me hacía revestir la desnudez de su cuerpo, la timidez enamorada de su letra, de ese pulso catastrófico con el cual, me había conquistado. Abrí el sobre, saqué la carta y en un segundo comenzaron a llover neutras lágrimas empedernidas.
V
“Aún siento tu esencia,
Aún siento aquellos viajes
Donde las miradas eran simples trayectos a la locura.
Amor, detrás de mí hoy existe el mundo;
Tengo dos aves en mi seno que gritan tu nombre,
Tengo la mirada despiadada del silencio que grita
Como un tigre hambriento, como tú.
Creo que mi esqueleto se ha comenzado a desmoronar,
Y el tuyo recién se condensa.
Sólo espero que tu mente se haya entibiado
Junto a tu instinto y a tu encendida ráfaga de demencia;
Sólo espero que hayas construido tu muerte de manera lógica,
Pues no queremos que el perfume de tu aliento se nos vaya,
Pero tampoco que se nos pudra.
Eres mi pared infinita,
La arquitectura perfecta de mis aves…
Eres la sombra de mis sesos,
Pero hoy prefiero que sueltes mi mano.”
Nattura.
Luego de leer toda esta paranoia no hallé más que sentarme en la ventana a sentir, por lo menos, la poesía de este paisaje muerto; de este infierno natural que había creado para detener de manera insurrecta el infinito periodo del tiempo. Me senté frente a la histérica manecilla del reloj rojo a contar su lentitud imperante, pues sólo permití quedarme dormido un instante.
VI
Sentado comencé a balancearme con la silla, crujía como los huesos de un esqueleto de anciano. Seguía aún gritando la manecilla de aquél reloj rojo, ya no le di importancia. Luego miré hacia la colosal puerta que había dejado de crujir y se encontraban dos hermosos tigres, pues parecía que estuviesen hambrientos. Comenzaron a acercarse. No temí en un principio. Pues una vez sentí más fuerte y repugnante el sonido de las manecillas y me hicieron gritar, gritar y espantar a los demás animales. No tuve salida, estaba rodeado de bestias y de aquellos dos tigres hambrientos. Se acercaron aún más, y mis piernas fueron perdiendo la fuerza suficiente para estar erguidas, cayeron; cayeron irreflexivas sobre el piso pútrido del salón. Y en un segundo valioso todos chocaron contra mí, devorándome hasta el último seso; no sentí dolor pues morí instantáneamente. Sentí la separación absoluta de mi cuerpo y alma. Vi cómo los dientes que parecían espadas acechaban hasta el último órgano de mi cuerpo. Parecía una confabulación de la tierra,  del reino viviente, pues toda esta interrogante se disipó cuando miré hacia el suelo y vi que tiritaba un pedazo de atmósfera completamente grisáceo: era mi cerebro. Los animales algo habían encontrado en mi cerebro que rechazaron, pues se veían incalculablemente hambrientos.
Choqueado y moribundo; con una distorsión o loca poesía en mi mente ―o lo que sea― deambulé solitario como un muerto sin pensamiento alguno. Deambulé por los obscuros pasajes de la selva, nadé, trepé, no me sentí más solo por que no lo estaba, pero realmente me sentí mudo, sin lenguaje, sin lengua ni dientes, necesitaba gritar, pues ya el tiempo me había borrado instintos, o la muerte quizá ya no me erizaba los pelos, pero sí, aún, seguía temiéndole.
Tocaron la puerta, la colosal puerta y me alerté, pero sólo fue un instante, luego recordé tristemente que estaba muerto. Silenciosamente abrí la puerta, pues ya no me importaba la tierra, la naturaleza. Abrí sin condición, era ella. Era Nattura. Nattura quizás venía a rescatarme, a rescatar a éste filósofo loco de una casería nocturna. Pues le vi, entró con miedo y se aterró de sobremanera tras ver mi cerebro tiritando en un costado del gigante salón.  Lloró, lloró por tres horas exactas. Lloró sin parar. Y luego del último segundo de la segunda hora se levanta y se dirige al lugar en el que había enterrado yo mi pasado, mi oscuro pasado ―pues no recordaba haberle dicho el lugar exacto donde había enterrado mis recuerdos― pues los desenterró con rapidez, abriendo la tierra, apretando las raíces de flores que se encontraban justo encima de la caja sepulta. Sacó la caja y sólo sacó el crucifijo y la estatua de yeso y volvió a sellar y volvió, también, a poner las flores en su lugar. Le seguí sin perder rastro de su dulce esencia, y se dirigió al salón, estaba todo intacto ―el reloj rojo a ratos me miraba como sabiendo que yo también le miraba.
Nattura se sentó de una manera extraña frente a mi cerebro, sacó de su bolsillo un papel ―creo que era un poema― y comenzó a gritarlo, a llorarlo, a sangrarlo, y lo cantó rezándome locamente, con los ojos desviados y una pequeña sonrisa enmantada ―en un abrir de ojos desperté.
VII
Todo había sido un sueño. Pestañeé sin parar deteniendo el cálido aire con los ojos, y estaban ellos, los dos otra vez ―igual que en el sueño―; mirándome con los ojos hambrientos. Se acercaron, a cada segundo un centímetro perfecto, y cayeron encima de mí, devorándome, comiéndose los restos de mi vida en sincronía con los malditos segundos, o más bien, con las histéricas manecillas de aquél reloj rojo. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Línea Desorientada:


Sobre Hormigas, Sapos y Bacterias...
la noche es un caos fantasmagórico de neuronas intranquilas:

Tocando el silencio, la noche se encuba en mi pensamiento permitiéndome danzar sobre los límites substanciales de mi espíritu. Me siento en medio de mi casa desnuda a contemplar los horizontes doblados del presente; el mío, desequilibrado en simetría. Mi estómago cruje como la tráquea de un sapo embrujado, sin embargo sigo constante mirando la manecilla del tiempo que se acelera fugaz e intransigente. Miro mis manos cuyas líneas siguen ahí esperando avanzar después de una ilusoria tormenta, miro mis pies que me preguntan inocentemente sobre gravedad e impaciencia.

La lucha constante con mis lágrimas ha sido acabada por la explosión melódica de una copa flotante. Mi entorno lo hallo detenido en medio de dos mundos excéntricos, donde yo permanezco justo en lo finito, en la inseguridad testaruda; miro mis líneas que otra vez vuelven a la presión y mi píes a la depresión invasiva de la tierra, y caigo perdiendo el equilibrio vital de la tranquilidad y la incandescencia.

Caigo medio dormido a un túnel que me hace experimentar la luz introspectiva de una pintura realista, infinitamente realista. Me confundo, caigo, sobrepongo mis manos dormidas también, pero soñadas perfectamente, y me detengo a mirarla de cerca, cada detalle; era una manzana ovalada imperfecta, de aspecto nauseabundo; hormigas, sapos, bacterias, y sonidos que una pintura jamás podría tener, los tenía. Me erguí misterioso a escuchar los sonidos de aquellas bacterias y mi ojo sangró de impacto, mi sonrisa era permanente, mi estómago hizo explosionar la tráquea de aquél sapo embrujado. En un rincón no tan lejano estaba yo, pintado no tan realista, con un halo bajo mis píes levitando, con los ojos cerrados observando el horizonte tridimensional que fijaba a la manzana como perfecta. A otro costado, también de forma no tan realista y perfecta, la misteriosa silueta de una substancia terrestre, con un halo en la cima de la cabeza, obscura; pues sabía que meditaba aún sin verle los ojos. Emitía sonidos extraños, sonidos de bosque solitario y de aguacero estruendoso, sin embargo, lo que más susto y misterio me dio fue que las hormigas, los sapos y las bacterias de la manzana iban en dirección a sus manos y a sus píes de concreto.

Luego de la presunta ilusión creo tener el control consecuente de mi cuerpo, sin embargo, salgo de mi casa solitaria y emprendo un viaje descontrolado. Sigo la línea desorientada de una luz pendular que me seduce desde el punto de fuga de la calle y me torno un caminante eterno, omnívoro y delirante, pensativo; descubridor del camino eterno de las hormigas, de los sapos y las bacterias, y en fin..., el de las manos y píes de concreto.


viernes, 17 de junio de 2011

Reflejos :

ManRay Fotografía.

Siento a mi mente una montaña imposible de alcanzar, siento a la vida un monólogo perdido en lo más hondo del océano. Sin embargo, aquí erguido me hallo, justo en el medio; en el horizonte, justo donde no existe nada más que un sublime fluido transcurriendo(me).

domingo, 17 de octubre de 2010

Cálculo

Roberto Matta - Pecador

"Juramos para vivir, pues vivimos jurando. Y sin jurar el tiempo no se detiene y la vida muere sin jurar la verdad de la vida; pues sin embargo, la vida existe, porque la vemos, pero necesitamos más, para saber porqué se congela el fuego de la vida y porqué se calienta el frío de vivir."

miércoles, 13 de octubre de 2010

contemporain :

Adolfo Vásquez Rocca

"Me instalo en medio de la multitud. Oigo el ruido de las bolsas, billeteras, documentos, monedas pegadas en los ojos de la gente, todos ciegos. Camino horizontal y verticalmente, nadie mira; todos caminando como buscando una respuesta en el suelo. No hay nadie observando refranes, ni citas grabadas en las paredes. No hay nadie pintando ni divulgando poemas; solo aves y flores a los alrededores. Me siento y miro una inmensa gigantografía que grita sobre cafés y emparedados con sabor a sangre. Tomo y observo. Sigue el mismo ritmo, el mismo cántico de las monedas. Esta vez, entran en recintos, a muchos recintos, cabizbajos, ignorantes, y beben, y comen, y rezan y siguen cabizbajos respirando la nada."


Meditación Caníbal, ensayo.

viernes, 8 de octubre de 2010

Sesos de seres.

Muerte

Estoy realmente impresionado cómo últimamente la vida me ha cortado mis párpado y se ha prestado para permitirme ver la de cada Ser circundante. He visto desde amebas caminando por los pasajes del presente hasta mujeres y hombres prestándole días a la gravedad. Estoy impresionado por las flores; no son tan hermosas después de todo, al igual que la luna y todo lo proveniente de golondrinas y paisajes. Estoy impresionado, realmente.

Pero no es esto lo que me ha incitado a escribir, sino; lo degollante que se me hace saber que nadie lo ha notado. Nadie ha notado el cambio. Nadie ha notado lo irregular de toda esta ficción. Todos siguen andando igual que hace algunos días; caminando, bebiendo el agua de las nubes, acariciando la arena y lo impredecible del desierto: todos creen estar vistiendo la normalidad, adhiriendo aún más su subconsciente a la regularidad, sin embargo aquí afuera «en mi mente» sólo existe caos, pues nadie lo nota.

domingo, 15 de agosto de 2010

Transubstanciación :

Para aves no verdaderas:

Esta mañana ha caído mi cerebro desde un escupitajo de mis ojos. Ha caído como remando inocentemente por mi cara hasta caer en mis rodillas. Me di cuenta una vez dobladas y preparadas mis piernas para dar mi primer paso hacia el horizonte. Fue imprescindible parar esta larga caminata; pues mi cerebro fugitivo y yo en medio del horizonte, algo había pasado aquí que yo desconocía. Me puse a buscarlo, aunque siendo realista, jamás lo encontraría, puesto que me hallaba caminando entre las olas del mar y en medio de barcas submarinas, que no eran barcas precisamente, sino algo que jamás había visto antes, pero lo parecía.

Le pedí a las gaviotas y a otras aves, que también jamás había visto, que lo buscaran. Les describí tan precisamente mi cerebro que hubieron algunas que escaparon volando por unos peces, y otras que cayeron ahogadas en pequeñas olas de algas que se enredaban entre sus patas. Pero hubo una que sí me comprendió. Hubo una intachable que partió en busca de mi cerebro. Era una de las aves desconocidas, jamás le había visto. Tenía grandes ojos y un hueco en su cabeza del tamaño de mi mano. Caminaba al igual que yo sobre las olas, pero no volaba. Tenía un inmenso pico azul con una bolsa colgando cerca de su tráquea, sus pies eran como de terciopelo y no poseía plumas ni pelos de mamífero; era una especie totalmente irreal.

Pasaron unos segundos después de haberle ordenado y llegó sin nada entre sus manos. Comencé a temer y a pensar en qué haría sin cerebro. —¿Lograré llegar hasta el horizonte sin mi cerebro?, ¿andarán mis pies después de todo?, ¿moriré?

Me estaba sepultando entre la marea cuando la inmensa criatura abre su gran pico, y sobre la bolsa repleta de un líquido verde puse la mano y tomé dos substancias algo blandas y las saqué sin temor. Eran dos cerebros del mismo color moviéndose, no sé si de frío o de miedo. Pues no supe reconocer cuál era el mío, puesto a que nunca lo había visto. Eran tan idénticos que comencé a desesperarme. Volteé mi mirada como para ver qué tan cerca tenía al unísono de mí. Fue algo completamente apoteósico ver la inmensidad del sol en medio de mi rostro. Volaron mariposas y leones rojos saltando desde el mar. Cuando vi mis manos no había nada, vi a la inmensa criatura y en su rostro y en su silueta algo había cambiado. Aquél hueco en su cabeza se había cerrado y mis ojos y mi boca y mi piel comenzaron a cambiar mágicamente.

sábado, 3 de julio de 2010

En la orilla del Tiempo :


Este cuarto, que en realidad no es un cuarto cualquiera, no deja de crujir por las noches. Muchos animales que viven cerca de aquí, gritan por las noches tras la incertidumbre que les causa no saber qué es lo que suena tan perturbante. Algunos dicen ser gigantes flores que bajan de las nubes, otros dicen ser clavos que bajan como lluvia de metales, otros simplemente que es la misma noche la que habla, llora, —Pues siquiera sé lo que sucede en las afueras.

He pasado toda mi existencia oyendo estos disturbios que se adentran por mis ventanas; el sonido logra traspasar sus cristales dejando siempre un rastro de colores; opacos y octavos, incomprensibles. Pues, es sólo eso lo que logro oír; he permanecido privado de sonidos, el trauma de mi embeleso ha hecho que les reconozca aún cuando me hallo en la más hastiada crisis; donde el dolor es tan gigante que ahorco a gritos todas las aves que se posan a oír aquél sonido; —¡Mis oídos sangran!

Es por eso que ningún Ser humano se ha instalado cerca de este cuarto, pues el miedo que les causa mi monstruosidad y la de este sonido es tan grande, que ni las aguas del río se dejan caer por estos lugares; la naturaleza nos teme.

He aprendido a convivir con animales, que en realidad no son animales cualquiera, sino que totalmente anómalos; existen aquellos mudos, otros totalmente quietos, como estatuas, otros religiosos y locos. La verdad no hablo con nadie, pues mi sordera me ha impedido dialogar con aquellos, es más, siquiera sé si hablan, lloran…, no lo sé.

Nunca he comprendido en realidad, porqué los demás se alejan de mí, o yo de ellos.
Nunca he comprendido en realidad, porqué oigo este sonido y no los demás.
Nunca he comprendido en realidad, qué hacen estos chillidos siempre detrás de mí,

Dialogando con mi sombra, y mi esqueleto.

En realidad, nunca he comprendido la realidad; siempre he estado inmerso en este caudal de deformidades que a la vez son mi locura. La verdad, no sé si esto sea un cambio de tiempos, o siempre fui esto; inconcientemente. La verdad, no sé si estoy(soy) sordo o mudo, o único. No sé si soy sólo yo en este mundo y los animales son mis respuestas existenciales o quizá mi locura o la mentira más grande.

Soy atómico y muy ocular a los movimientos. Soy asesino, loco, maremoto, de piedra, ladrón de realidades. Soy todas las piedras en el mar, cada pez,… ¿Soy sólo yo en este mundo, o este cuarto, o soy sólo yo en mi mente y nada más?

Soy yo hablándole a la ficción, o la ficción es la que le habla a ustedes,
¿O ustedes piensan que quién les habla existe?

No duerman ni despierten, pues soy un monstruo con labios de elefante,
Que oye y lee la mente de sus demonios.

viernes, 12 de marzo de 2010

Ser, humano

Dónde me encuentro hoy.

Fuera en la calle, la vida sabe a luz y a vírgenes desveladas, olvidadas en lo más hondo del océano. Me siento sobre hojarascas mojadas, crujen, se quiebran como cráneos tentados de risas. Y roza el viento junto al germen sentimental; genera viento, y más viento, y un bostezo de noche envejecida.

(El centro de la almohada se moja, llueve.)

Una lluvia universal ha tocado mi garganta, pero sin pestañas ni ojos se desprende bailarina y fugaz sobre el rostro de un rostro inanimado, por donde han volado gaviotas y caballos y centellantes sombreros consumidos por el humo, seducidos por algo infinitamente infectado. “algo” que se siente elástico e inminente, de tal manera, que el océano se afloja y llueven peces esta vez, llueven niños y sacerdotes y risas y llantos;

Llueven poetas; seres humanos.

sábado, 6 de marzo de 2010

Insomnio I

Desnudo Fetal (Fotografía de Philippe Halsman en 1942).

De noche el tiempo se hace eterno, la tierra gira más lenta, y los ojos pestañean cada dos pálpitos que hace el corazón. Sientes el cuerpo corto y el ruido largo, sientes que la humanidad se retracta centímetros contra la vida, y se elevan las coincidencias y se arrastran las súplicas de querer sentir “eso”; eso que suavemente te transforma la mirada (aún teniendo los ojos cerrados), eso que trae pensamientos y hace sentir olas y delfines girando, eso que hace ver jardines de acéfalos y rostros llorando. Y ahí estás tú, lamentando la física de los astros que imaginas, que no vez, ahí está el punto que se burla y las estrellas que te gritan y la luna que estornuda… prácticamente todo se encuentra en movimiento,
menos nosotros.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Humano.

En la ventana un pájaro negro viene a saludarme. Fugitivo grita, salvajemente, que rompí las reglas del estatuto de “algo equilibrante”. Cierro las ventanas, las puertas, los capullos de mi dormitorio. Abro libros, fábulas, veo leones, elefantes de altas patas tocando el hielo de una cordillera inmensa, veo patos de cuero, otra vez, nadando por las profundidades de un mar inquietante, débil. Las nubes chocan, hacen temblar los bloques. El papel se eriza como mi cabello, todo quiebra, se esparce, se eleva. TODO, absolutamente todo.

Quedo yo, la oscuridad, y el vacío.
Derribado contra la luz, también elevada.

Camino hacia las puertas, las ventanas, las flores huracanadas… no sé que hacer!. Les beso, me arrodillo ante ellas, mientras miro al cielo, y una pluma negra comienza a caer, cierro los ojos, y el crepúsculo otra vez esta vistiendo mi piel, y fumándose el último suspiro que me queda, por lo menos dentro de este año.

domingo, 2 de agosto de 2009

Ladrón de Espacios.


Tu sombrero de cristal, tenaz y bien negro me confunde entre la oscuridad de esta mañana. Hambriento seduzco la manta que cubre mi cabeza, la limo y aliso; la rompo y cae sin darme cuenta. El miedo es mi gran atisbo, el despertar y ya no resistir el encierro tan atemorizante como el primer día que me sedujo. Recorro mi habitación, es tan pequeña como lo que pienso al instante. En este último tiempo he sentido que poco a poco mis recuerdos van cayendo sobre la explosión desesperante de mi inercia. He perdido la gran sortija de mi fresca memoria.

Camino y camino, mi metro cuadrado es mi burbuja infinita. Tengo un gran espacio de vía, pero sin embargo revivo en el mismo intervalo, soplo el tiempo y no se moviliza. Veo el mueble estático como el mar que me asechaba en tiempos remotos… destierro las aves que me hablaban de sexo y caricias, extraño el pulso sensitivo que en mi aliento entraba con la úlcera de mis ojos.
La ciudad está tan cambiada, ni los reflejos abundan con el vapor de mis labios. Sólo existe el paso calmado de sus inmóviles estatuas, las bolsas me perturban como el sonido quieto de bocinas exorbitadas. Ladrones de ojos, bípedas especies con cola y manos que salen de sus bocas, que además, tratan de engañarse… todo lo veo en sus ojos.

-Tanto hemos cambiado. Se preguntó mientras se miraba al espejo empapado de risas… se volvió a mirar y se vio igual que hace un instante.

"De vuelta al cuarto negro, vio que su nebulosa iba cayendo. La negrura mezcló la memoria, se sentó y esperó a que llegara su gran atisbo… su secuestrador. Cuando temblaron sus manos y fue consciente de aquello, vio hacia el cielo que comenzaba a caer, volvió a mirar y comenzó a llover. Pero no fue una tempestad normal, fueron granizos de recuerdo… de colores y vestigios. Ese día fue inolvidable, lloviznaron lápices y truenos, trenes y bosques, narices y bocas, pies y gélidas cabezas contrapuestas en su pecho.

Ya era medianoche y su secuestrador no llegó. Los granizos quedaron incrustados en su gran metro cuadrado, los muebles y pantanos brillaron como aquél sombrero que nunca llegó.





Pues el secuestrador estaba durmiendo hipnotizado en su corazón de perlas
y frenéticos cristales de porcelana aun líquida, pero ya sin temor. "

sábado, 11 de julio de 2009

Sosiego :


Un trastorno quizás, o es que hoy la naturaleza me habla de muchas cosas. Blancos y lejanos paisajes han degradado cuadros de volcanes y bosques desolados. Ni aves pasan por el lago. Muchas cabezas ya han sido degolladas, ya es buen tiempo para un nuevo comienzo, donde el día se viste de ceda y bellas margaritas, donde el mar profundo y azul sin electricidad ni opacos matices llegan como meteorito a mi rostro, y quiebran el suspiro que ayer fue mi mejor alimento. El ritmo es tierno, fugaz y lumínico, desearía durar hasta el infinito, llevarlo hacia el más allá; y girar mi mente para pensar de otra forma. Pero, pienso. Pienso demasiado para actuar de la mejor forma, ¿pero dime tú, lápiz y papel; será demasiado tanto arresto?

"Mi ente está histérico, ha derrumbado la dura pared de mis escombros, como tormenta ha licuado el más sublime afecto hacia la débil mirada de mis ojos; me recuesto sobre el recuerdo… "

Bebo las flores, riego mi piel como miel de abeja. Debería romper mis manos con el mástil; pero este día es demasiado fugaz y cálido como para ver sangre sobre el matiz de mi quimera instancia. Camuflado entre el olvido, he decido recordarlo, recordar mi metamorfosis oliente y adolescente, volar por mi recuerdo de adultez y regresar desde luego, al bello y angustiante instante de mi muerte; vejez. Pero este día a volteado las cosas, ha valorado las nubes, el alma, el consciente y la herida causada por el ayer… este día a fundido toda la tierra ya sobrepuesta…

Estoy listo para romper mis brazos, para degollar, ahora, mi propia cabeza, girar mis tripas, y ser aún, un ser con ente de tristeza, y una sonrisa que vuela como alma sin interrogantes. Estoy listo para gritar mi pasado lleno de aguaceros, y despertar el sueño en este sublime día de hermosas aromas y bellos pasajes de infancia, e inocentes cabezas que ríen de perdón.

martes, 23 de junio de 2009

Acéfalo bajo el puente:

“Últimamente he pretendido buscar el argumento de mi mente, ella se ha ido, y yo también he arrancado de mi carne mi propio ente. He aquí donde comienzo a evolucionarme, donde el agua de este inmenso río comienza a llenarme del enigma fugaz de este nudo infinito. Donde el cielo se me hace inmenso; como pequeño se me hace este enorme río.


Las rocas me hablan de un sueño profundo, de una histeria anhídrida que entra en el cosmos de mi boca, como si el ras de mi pecho explotara por completo. He tratado aquí de vencer las olas de esta angustia contagiosa, que si bien, nació desde el anhelo de mi ego, hoy es más que un estúpido recuerdo; que inunda el ser con bastante secreción de pensamientos. Hoy, me he imaginado correr con bastantes caballos, en un inmenso campo abierto de corrientes mentales, yo completa paloma voladora y ella como estatua mirándome fugitivamente entre la sierra de sus ojos, ciega quizás, inherente entre el recelo, pero yo inmune ante las manos de su tierno cielo. La marea sube, mi puente se anega, pero aun queda espacio para abandonar mis pies en la tierra, y saciar mi hambre de volar sobre todas las cabezas degolladas en las nubes de mi ciega cabellera, lisa sobre el aire manantial, áspera entre caracoles de metales; yo aquí comienzo a rodar entre el hilo de mi vida y las largas callejuelas de mi angustia prisionera. Pero esas rocas son astutas, me han salvado frente a la marea, me han enseñado el camino de la tierra intolerable; me han enseñado a hablar, a gritar, a rodar como olas del tsunami de mi ser. De aquí, comienza mi camino, mi nariz se nubla; y vuelvo el camino contra la marea. Sosiego el equilibrio astuto de mi catástrofe y quiebro las flores de mi enmascarado mundo bajo el puente.”


Pasan las horas, y el tiempo no para.

Nubes sobre eclipses, rayos sobre truenos; son la tempestad de mi ojos y la sangre, yo, y mi acéfalo.