Libélulas de fuego van cayendo por las calles, se esparcen como neblina iluminando los rincones de su boca. La hojarasca se diluye sobre las manos de la luna, las costillas del paisaje se quiebran, los árboles se congelan; y la multitud se dispersa silenciosa por este mar abrumado.
Caminando, las casas se vuelven largos dientes y mis oídos los poderes de la inconsciencia. Caen los cerebros y los cuerpos son sostenidos por cuernos de vacas, los autos funden alas de metal y mis ojos siguen sigilosos ante grandes brumas de cristal. Vapores y pies de mariposas vuelan sobre mi mente, calladas y hundidas aceleran los pasos y caen frente a este frío sol melancólico.
Viajo sobre calles de perlas y saltan sapos de ceda. Algunos encapullados en crepúsculos lunares se detienen entupidos; y vuelven a instituir el viaje. Otros se detienen a mirarme, otros simplemente se sumergen en lagos de cólera, y se ensordecen con el tiempo dormitando en los sótanos del miedo.
Vuelvo a las calles y el faro se apaga, la luna cae y el sol naufraga congelado… los árboles ríen oscuros, turbios lamentos yacen por el viento, individuos cortan flores violentas; pierdo el equilibrio y los niños estrellan el suave cielo. Derrotado mi vientre vomita gritos y mi lengua negras almas que mueren silenciosas, ante este caos y esta realidad camuflada.
Este mundo moldea espantos y lágrimas que afligen filosas algas contaminadas, este mundo hunde calles repletas y bellos valles perdidos en clamores; nuestra mente se ha vuelto un planeta, y este cielo varias estrellas que mueren en placeres incomprendidos…




