...Caigo en mi instinto:

...Caigo en mi instinto:
No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser, pero no puedo ver cajones y cajones pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver todavía caliente la sangre en los cajones. Gonzalo Rojas, Contra la Muerte

viernes, 27 de marzo de 2009

Vómitos de Peste Negra :


Ambulaba sobre territorio Africano, cuando decidí quedarme. Encontré esplendido el cuestionamiento de mi residencia infinita, era tan perfecta, a pesar de que algunos le llamaban la pestilencia, otros el túnel, pandemia, crimen y entre otras barbaridades. Para mí era tan perfecta como mi Francia querida. Las cosas en el siglo catorce no son nada de fácil. En plena edad media, no se puede esperar menos, pero yo las vivía con absoluta feliz suspicacia. Era un chico apaciguado, casi inocente, si no fuera por mi aspecto poco robusto y desgraciado. Caminaba por las veredas y no me causaba temor los cadáveres putrefactos que navegaban por las travesías, ni menos el aroma podrido que volaba desesperado por los vientos de aquél. Nunca había cuestionado el fin de mi falta de olfato; pero era de esperar, nunca encontré las partículas de transpiración en mi cuerpo, y más, mi aspecto ha de esperar que mi hálito, y cuerpo no huelan nada de bien. Siempre era oídos sordos a los unísonos olvidados, siempre era indiferente a los vómitos y las muertes de aquella ciudad, era hermosa para mí, mientras otros andaban en busca de aspirinas y antídotos no existentes en aquél metro cuadrado, pero yo era feliz, me encantaba (¿Quizás?) ver la muerte ambular en todo territorio africanícense, no me importaban las causas, pero sin desmerecer lo inevitable que eran los comentarios nauseabundos. La sangre, las lágrimas, la nebulosa, arco iris velados, gritos de augurios, la falta del réquiem, la muchedumbre agonizada, eran mi perfume dotado de hermosura, a comparación de humildes ópalos de azahar o narcisos ni violetas. Siempre las carencias de bohémica placidez rodeaban mi sangre de oblicua mente eficaz, me llenan de suspicacia enérgica, me llenan de ser, forman en mí; un sonido lejano de realeza, y transportan mi saliva a un ricino sin rizoma ni romero; a un charco de tripas y ranuras de hígados y esencia de intestinos agonizantes. Es deja vu en presente perfecto.
Una mañana, donde el sol quemaba la alérgica piel de los afectados racimos, quise reír, pero la distracción de carroñas sistematiza mi placer. Pensé en ser un asesino, pero la media edad era normal a la lujuria y la delicadeza de un sonido de salvia fermentada; comencé la experimentación con manzanas y frutas secas por la sofocación de las montañas. Recorrí el Bioko, donde los papiros rasguñaban las sonrisas de los lobos y arañas polares, cicatricé los pensamientos de un ser asesino, y capture la fotografía inexistente; quemé polaridades y no razoné al internodio. Envenené caras faustosas, quemé la migraña del ego que invadía a faraones y antiguas edades. Me estaba convirtiendo en el asesino de la manada. Cada vez quedaban menos Africanos, ‘la voz era más poderosa que los actos de verdugo’, era yo un parásito sin raciocinio ni pensamiento infértil, solo hacía mi finura gozosa de sábila. Desde el momento del compromiso, la naturaleza conspira en ayudarme. La indiferencia y la cintura de mi cerebro, quiebra las reglas de mi pensamiento medieval. Maté, asesiné, liquidé cada espasmo residente en la tierra, borre carroñas, eliminé cuerpos, rebocé mi piel con aroma vencida y descompuesta, cree el color de los ojos perfectos, y cree la ilusión del crepúsculo naciente entre el desierto. La soledad hizo textil en mi cuerpo, la separatidad compitió la gravedad que fragmentan mis ojos y pupilas nacientes. La soledad es poderosa. Velé mi cuerpo a la luz del sol, no conocía el norte ni el sur, la brújula no existía en mi cabeza, ni vinillos ni abstinencia. Estaba muerto al igual como mis pensamientos sigilosos. Ni vainilla ni azahar, ni amapola ni violetas, ni árboles ni arena, todo estaba recubierto. Solo quedaba en tierra mi pobre y nefasto sentido de pensamiento degollado; quedaba crear las naturaleza, o morir en soledad. Opté por el camino fácil, envenené mi sangre con mucosa quimérica de quenopodio. Lo moderno y lo contemporáneo no existe, quedamos enterrados en lo medieval, en la balanza pecadora; quedamos todos sin réquiem ni nirvana, en soledad y sin perfumes futuristas. Quedamos solo nosotros.

7 comentarios:

Nandiú~ dijo...

Me encantó.

Recuerdo hace un par de años, cuando recién empezó mi fanatismo por la historia: En todas partes se hablaba de la peste negra; la curiosidad me invadía, quería saber como fue. Finalmente, pasaron los años y lo entendí, lo comprendí.
La historia en sí, como ciencia y herencia, debería existir para enseñarnos a no caer en los mismos errores de las "Tinieblas" medievales, la aprendemos y caemos en lo mismo, incluso siglos después.

Sublime escrito, me gustó mucho.
Saludos (:

Rayuela dijo...

Genial.Y me quedé sin palabras.
Sos un maestro, un verdadero maestro.

Te dejo un beso!

rodri dijo...

Muchas gracias por tu comentario, tienes dos blogs de muchísima calidad, escribes muy bien y tienes mucho talento para tu juventud. Enhorabuena
ABRAZO

JuanSe... dijo...

en serio que no tengo nada que decir, tal vez debo cerrar la boca para poder hacerlo, me deja atónito tu historia, la locura que nos desborda y nos lleva a hacer actos de placer y de dolor...

un abrazo

lunaazul dijo...

Sin palabras, eres genial.

Un gran beso.

Ágata Paula dijo...

¿Alguna vez te ha pasado que sientes un suspiro dentro de tí?
Así me siento ahora.
Como si mi pecho fuera un globo.
Satisfacción.
Me he preguntado muchas veces si las personas con las que vivo día a día quedarán en la historia.
No vivo contigo, eres de otra región, sin embargo, estás en mis candidatos.

CeLeS! dijo...

Oscuro como la peste negra. Increíble. Una más de las que se queda sin palabras.


"Es deja vu en presente perfecto." =)



PD: tu relato me hizo acordar a un tema Massacre, una banda argentina. El tema se llama Epidemia.

Un beso!